

La imaginación matinal de Julio Silva
La mano obra de vórtice. Centro del torbellino figurativo, actúa propulsada por la carga visionaria del fondo que quiere afluir y explayarse. Julio Silva pinta siempre por necesidad íntima, con entera entrega a la fuerza plasmática que lo posee, con una confianza dionisíaca en el impulso vital. Su mano, movilizada por el diamismo psíquico fundamental, conecta así con la energía originaria de la imagen, con la imaginación matricia, con la más matinal, la de la mañana de los engendramientos. Pululante y expansiva, esta fecundidad se apodera de la pasta pigmentada, de ese magma primordial, para procrear su asombrosa progenie. Silva no baceta sus telas. La génesis no está precedida por un proyecto sino por un ímpetu expresivo, por una entrevisión 0 paravisión, por un gesto que conlleva consigo cuerpo y alma y que gestará a la par el drama y la puesta en escena. Cada cuadro de Julio Silva representa una concurrencia de apariciones surgidas en una impronta rapsódica que todo lo propone, dispone y consuma sobre la marcha. Cada cuadro nace como fabulación inspirada que libra su alucinante tropel de espectros. La condición del éxito de este estraño extravasarse, de esta manipulación de lo quimérico reside en la sorpresa que depara ante todo al propio pintor. Tamaña confianza en la descarga instintiva, este afán de visualizar el mensaje subliminal, impide que Silva se establezca en un estilo, se acomode a una destreza asentada, convierta su empuje en manera. Para evitar todo virtuosismo o manierismo, toda costumbre que fije los signos y los estereotipe, para impedir que el sortilegio se convierta en estratagema, Silva está compelido a una perpetua movilidad que resulta regresiva. Ella debe devolverlo al origen restaurar la frescura de la mirada virginal, restablecer una potencia primigenia ligada más que al saber al no saber.
Silva procura retrotraer la mano llena de mañas a su antemano. Trata de naturalizar al máximo factura y figuración, concebidas como entidad inseparable. Más que operación técnica, la pintura de Silva es un acto mítico, una onirogénesis. Cada cuadro representa un espectáculo del cambiante y secreto teatro de los sueños. Equivale a una azarosa pesca en aguas abisales. Intenta sacar o dar a luz la cohorte de imágenes que se agolpa y agita en el fuero más íntimo, en el más allá 0 más acá donde se encuentra la fuente de esa surgencia fantasmagórica. Una pintura como “Tropique à tous les étages” (Trópico en todos los pisos) reconduce a la mancomunidad del comienzo donde todo se liga con todo, lo adláter con lo remoto, lo mínimo con lo magno, nos regresa a la promiscua profusión de los orígenes. Un pez sagital, mezcla de pájaro y de cuchillo de sílex, apunta al torso cuadrado de un monigote que mira con olas saltarines a la mujer frutal, la de los pechos como pomas. Ella entresale de una espesa fronda, de una jungla superpoblada de seres biomórficos. En ese milagroso paraje lo foliáceo hace alianza con lo poliédrico, lo larvario se conjuga con lo cristalográfico; las formas se engendran incestuosamente unas de otras, animadas por un frenesí protoplasmático de una vitalidad tan lujuriose como jubilosa.
A pesar de que Silva bucea en lo soterrado, no muestra amasijos de morbosos monstruos ni estropicios, Lo perverso y lo nauseabundo son acallados. El mundo de Silva se emparenta más con la pantomima que con el grotesco, parece gozar de un candor paradisíaco, Sus cuadros tienen carácter de ofrenda. Confraternizan. Ofrecen una visión o “veduta” placentera, más bien escénica. Las figuras que los pueblan están personificadas, poseen una presencia plena, muy expresiva. Son personajes individualizados. Silva los carga de afectividad comunicativa. A la par que los miramos nos miran con olas algunos vivaces, otros melancólicos; nos miran para cautivarnos.
“Au réveil” (Al despertar) fábula una escena frontal, posada sobre una base horizontal, asentada sobre un escenario. Y en relación con ese suelo, las figuras levitan o gravitan. Se intrincan e interpenetran porque gozan de un estado intermedio, plástico o preformal. Posan durante un pasajero reposo en medio de la hibridación y la metamorfosis incesantes. Intercambian libremente sus cualidades porque todo es aquí transitorio, transmisible, translaticio, perpetua mudanza de aspecto y de consistencia. Las formas se abigarran y se espacian, se tensan y se distienden en busca de un precario punto de equilibrio que se define desde adentro del remolino y por s’ mismo. Las creaturas comandan su manifestación, se organizan solas, se adjudican cada una su papel. Pululan hasta acomodarse e integrarse en un conjunto armonioso, y cuando todo adquiere suficiente cohesión, ellas mismas dan la señal del acabamiento. Silva no puede sino acatarla y dar el cuadro por concluido.
Las visiones de Silva no figuran, prefiguran. Ponen en obra una imaginación previa a los detenimientos categoriales, a la estática de los sólidos a la definición de los cuerpos estables. No son substantivas, son adjetivas o verbales. Están captadas en ese punto de transfusión reciproca, punto de las inagotables máscaras de Proteo y de los mil olas de Argos, punto de conciliación de las antinomias, punto órfico en que todo conserva intacta la suma de sus potencialidades y todo es compatible y simpatiza.
Afecto tanto a lo carnavalesco como a lo circense, Silva monta un pletórico retablo de las maravillas. Silva sueña despierto esa comedia encantada, “commedia dell’arte”, donde los personajes trucan sus extraños difraces y son alternativamente actores y espectadores. Como gran histrión, Silva presenta su espectacular repertorio de óperas bufos interpretadas por un pasmoso bestiario. Y como se trata de arte escénico, organiza escenográficamente sus telas. Dispone telones, tarimas y practicables donde los personajes se colocan como en un cuadro vivo. Posan en un espacio de ficción, ambiguo, a la vez interior y exterior, con algo de cubículo, de bosque o de pabellón. Espacio de perpectivas anómalas; de equívocos puntos de mira, deformable a voluntad, tanto se abre como se enclaustra, se curva como se faceta fantasea. Espacio utópico, se transfigura. Está en todas partes y en ninguna ocupa el lugar sin lugar del deseo. Julio Silva a su modo lo acoge y ubica; en su pintura el deseo puede ir donde quiera, ser y hacer lo que le plazca.
Saúl Yurkievich
Posted 16. January 1988, terribly early in the morning Posted by Olivier Silva
Category: Editions | Saúl Yurkievich|
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